Opinión

Entre el algoritmo y la conciencia

Es muy fácil culpar al algoritmo.

Decir que Facebook obliga a exagerar. Que TikTok premia el escándalo. Que Google castiga lo serio. Es cómodo. Nos libera de responsabilidad. Pero el algoritmo no tiene ética; nosotros sí.

Comunicar en internet nunca había sido tan accesible y, al mismo tiempo, tan complejo. Las herramientas son gratuitas, la inteligencia artificial está al alcance de cualquiera y las métricas se actualizan en tiempo real. La barrera de entrada es mínima. Lo difícil no es publicar. Lo difícil es sostener veracidad, responsabilidad y sentido profesional en un entorno diseñado para premiar la emoción sobre la reflexión.

Herbert Simon lo explicó hace décadas con la economía de la atención: cuando la información abunda, la atención se vuelve el recurso escaso. Las plataformas no compiten por verdad, compiten por tiempo de permanencia. Y desde la neurociencia sabemos que el cerebro responde primero a lo emocional —el sistema límbico— antes que a lo racional. Indignación, miedo, euforia: eso viaja más rápido que el análisis.

Por eso el contenido tendencioso suele viralizarse con mayor facilidad que el contenido riguroso. Es la misma lógica de la comida rápida. Sabemos que no es lo mejor, pero es inmediata, intensa y satisfactoria. Con la información ocurre igual: lo viral no siempre es lo valioso.

El problema no es tecnológico; es conductual.

Muchos medios, incluso aquellos que nacieron bajo estándares editoriales sólidos, han terminado adaptando su lenguaje al algoritmo. Aquellos que criticaban el clickbait hoy lo practican. Los que despreciaban las redes sociales ahora dependen de ellas para sobrevivir. La transición digital fue inevitable, pero la renuncia al criterio no lo era.

Y aquí aparece la gran trampa: los falsos positivos.

Un video que alcanza millones de vistas no significa que entendiste el sistema. Puede ser simplemente una coincidencia emocional con el momento adecuado. El algoritmo encontró afinidad con ciertos intereses y te impulsó. Mañana puede ignorarte por completo. La viralidad aislada es circunstancia; la credibilidad sostenida es estrategia.

Para un empresario de medios, la diferencia es crucial. El alcance masivo no siempre construye marca. Lo que construye reputación es la consistencia. Medir no solo cuántos te ven, sino qué tipo de conversación generas. Analizar no solo reacciones, sino retorno, confianza, permanencia y comunidad real.

Porque cuando logras comprender verdaderamente la comunicación digital, descubres algo más profundo: no solo influyes en métricas, influyes en narrativa pública. Y la narrativa moldea percepción. Y la percepción moldea decisiones.

Ahí cambia todo.

La teoría de agenda setting nos recuerda que los medios no dicen qué pensar, pero sí sobre qué pensar. En el entorno digital, esa capacidad se multiplica. Ya no solo participas en la conversación: ayudas a definirla.

Por eso insisto: muy pocos entienden lo que tienen en sus manos. Poseen tecnología, equipo, estrategia, inteligencia artificial, analítica avanzada… y lo utilizan únicamente para acumular likes. Confunden popularidad con influencia. Confunden ruido con impacto.

La pregunta es incómoda, pero necesaria:

¿Quieres likes o quieres comunicar?
¿Quieres viralidad o quieres credibilidad?
¿Quieres ser influencer del momento o referente de largo plazo?

El algoritmo no decide tu ética. La decides tú.
Y cuando decides comunicar con responsabilidad, el desafío es mayor, pero también lo es la trascendencia.

Porque en esta era digital, el verdadero poder no está en el alcance, sino en la conciencia con la que lo ejerces.

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