Opinión

FIFA: el ladrón perfecto que quiere quedarse con todo

El futbol nació en las calles, creció en los barrios y se convirtió en el deporte más popular del planeta porque millones de personas lo hicieron suyo. Sin embargo, hoy la pregunta es si ese deporte sigue perteneciendo a la gente o si ya es propiedad exclusiva de una maquinaria económica que parece no conocer límites.

La FIFA está a punto de realizar el Mundial 2026, el torneo más grande de su historia. Las proyecciones apuntan a ingresos cercanos a los 13 mil millones de dólares provenientes de derechos de televisión, venta de boletos, patrocinios, licencias, mercadotecnia, derechos de imagen y explotación comercial de marcas.

La cifra resulta difícil de imaginar. Con ese dinero podrían comprarse alrededor de 20 mil mansiones en algunas de las zonas más exclusivas del planeta o adquirir cerca de 45 aviones Boeing 787. Es una cantidad que supera el presupuesto anual de muchos países.
Y aun así parece no ser suficiente.

Durante años la FIFA tomó control de prácticamente todos los elementos comerciales del futbol. Los estadios, los boletos, las transmisiones, la publicidad, las marcas, los patrocinadores y hasta la explotación de la imagen del torneo forman parte de un ecosistema económico perfectamente diseñado para generar ganancias multimillonarias.

Hasta ahí podría argumentarse que se trata de un negocio privado administrando un producto exitoso. El problema surge cuando la ambición comienza a extenderse más allá de los espacios privados y busca controlar también el espacio público.

Históricamente, los Mundiales han sido celebraciones colectivas. Familias enteras se reúnen en parques, plazas, mercados y espacios comunitarios para compartir la emoción de un partido. Para millones de personas, esa convivencia es tan importante como el juego mismo.

Sin embargo, hoy la instalación de pantallas gigantes para transmitir encuentros mundialistas se ha convertido en un asunto legal y financiero que puede representar costos millonarios para gobiernos locales. Si una ciudad desea proyectar partidos en una plaza pública, incluso cuando se trate únicamente de encuentros de la Selección Mexicana, el costo de los derechos puede alcanzar los 40 millones de pesos. Para muchos municipios esa cantidad simplemente resulta imposible de pagar.

La consecuencia es evidente. Mientras algunos podrán disfrutar el Mundial desde palcos exclusivos, zonas VIP o restaurantes de lujo, miles de ciudadanos podrían quedarse sin la posibilidad de vivir la experiencia colectiva que históricamente ha acompañado a este deporte. Y esa es una contradicción difícil de ignorar.

El futbol presume ser el deporte del pueblo, pero cada vez parece más diseñado para quien puede pagar. El acceso físico a los estadios es limitado por precios elevados. El acceso a ciertas transmisiones depende de plataformas de pago. Y ahora incluso las reuniones públicas enfrentan barreras económicas.

La pregunta ya no es cuánto dinero puede generar la FIFA. La verdadera discusión es hasta dónde debe llegar el control comercial de un evento que moviliza emociones nacionales y que forma parte de la cultura popular de cientos de países.

Porque cuando una organización controla el estadio, la televisión, los patrocinadores, las licencias, la publicidad y además pretende regular cómo y dónde las personas pueden reunirse para ver un partido, surge una duda: ¿el futbol sigue siendo una fiesta mundial o se está convirtiendo en un producto al que sólo se accede bajo licencia?

Quizá el Mundial 2026 también deba servir para discutir algo más importante que los resultados deportivos: quién es realmente el dueño del futbol.

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