Opinión

Bacalar merece presidente, no mandadero político

Hay imágenes que dicen más que un discurso.

Y cuando un presidente municipal aparece sirviendo tacos a un secretario de Salud en otro municipio, la pregunta no es gastronómica, es política: ¿qué hace ahí?, ¿a quién representa en ese momento?, ¿a su pueblo o a la politiquería que ya se acomoda rumbo al 2027?

Servir tacos no tiene nada de indigno. Al contrario. El trabajo honrado merece respeto. José Alfredo Contreras Méndez, mejor conocido como Chepe, ha dicho con orgullo que es taquero, y nadie puede negarle ese oficio ni el sazón que muchos reconocen en su cochinita pibil y en su escabeche. Ojalá nunca pierda ese talento.

Pero seamos claros: hoy su principal responsabilidad no es servir tacos. Es gobernar Bacalar.

Y ahí está el problema.

Un presidente municipal no es un acompañante de campaña, ni un operador de eventos privados, ni un personaje decorativo para alimentar aspiraciones políticas ajenas. Un presidente municipal representa una institución. Representa a un pueblo. Representa a ciudadanos que votaron —o que al menos esperan— que su autoridad esté enfocada en resolver los problemas del municipio.

Bacalar no es cualquier lugar. Es uno de los destinos más hermosos de Quintana Roo, una joya natural, histórica y turística que tiene frente a sus ojos una oportunidad enorme de desarrollo. La Laguna de los Siete Colores, su historia, su fuerte, sus comunidades, su identidad y su potencial turístico deberían ocupar la atención principal de quien gobierna ese municipio.

Pero mientras Bacalar sigue enfrentando carencias en servicios públicos, retos ambientales, necesidades de promoción turística, problemas de infraestructura y pendientes en seguridad, su presidente aparece en otras escenas, en otros municipios, sirviendo de respaldo a funcionarios que parecen más preocupados por su futuro político que por su responsabilidad actual.

La imagen importa.

En política, las formas también comunican.

Y cuando la investidura municipal se coloca al servicio de la politiquería, el mensaje que se manda es peligroso: que el municipio puede esperar, que la administración puede esperar, que las necesidades de la gente pueden quedar en plato de segunda mesa mientras otros se acomodan rumbo a una candidatura.

¿Eso merece Bacalar?

No.

Bacalar merece un presidente municipal concentrado en potenciar su destino, proteger sus recursos naturales, mejorar los servicios, fortalecer la promoción turística, atender a sus comunidades y garantizar condiciones de bienestar para los bacalarenses.

Merece un gobierno que entienda la dimensión de lo que tiene en sus manos.

Porque Bacalar no solo necesita discurso. Necesita orden, visión, gestión y presencia institucional. Necesita una autoridad que asuma con seriedad el papel histórico que le tocó desempeñar en un municipio con enorme potencial, pero también con muchos rezagos.

Lo más grave de todo esto es la normalización.

Ya parece costumbre que las responsabilidades públicas se mezclen con intereses personales, aspiraciones electorales y actos de conveniencia política. Ya parece normal que funcionarios en funciones se muevan como piezas de campañas adelantadas, mientras los municipios que deberían atender quedan esperando.

Y entonces surge una pregunta que muchos ciudadanos se hacen en silencio:

¿A estos quién los reprende?

Porque a un trabajador común lo sancionan si no cumple. A un empleado lo corren si abandona sus responsabilidades. A cualquier ciudadano se le exige puntualidad, rendimiento y resultados. Pero en la política, muchos parecen moverse sin consecuencia, como si la investidura fuera una cortesía personal y no una obligación pública.

Ese es el fondo del asunto.

No se trata de tacos. Se trata de respeto institucional.

No se trata del oficio de Chepe. Se trata de su función como presidente municipal.

No se trata de negar su origen. Se trata de recordarle su responsabilidad.

Porque Bacalar no puede seguir esperando a que su presidente termine de atender agendas ajenas para regresar a mirar los problemas de su propio municipio.

La política puede tener gestos, amistades y convivencias. Pero cuando esos gestos exhiben subordinación, distracción o falta de prioridad, entonces dejan de ser anécdota y se convierten en síntoma.

Y el síntoma es claro: muchas autoridades han confundido el servicio público con la cortesía política.

Bacalar merece más que eso.

Merece un presidente de tiempo completo, no un anfitrión de aspirantes.

Merece un gobierno concentrado en su presente, no distraído en las ambiciones del 2027.

Porque la investidura municipal no se usa para servir tacos a la politiquería.

Se usa para servirle al pueblo.

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